Me desperté de mi largo sueño y sacudí mi sopor iluminando mi sempiterna habitación, descorrí los espacios incalculables, dejando entrar a la luz. Ventilé a la persistente negrura como quien espanta a los zancudos y esta se retiró a su rincón.
Me erguí cuan infinito soy y sentí frío. Cubrí mis hombros con mi recién tejido manto celeste, observé el universal e inagotable fondo y me sorprendí… había puesto un huevo.
Me recogí y lo miré con detenimiento, y mas temprano que tarde comenzó el huevo a cambiar sus colores, variaron de azules a marrones y a verdes. Descorrí pequeños espacios entre lo interminable para poder ver mejor.
No sólo vi mejor, vi que en su superficie crecían colores como luces vivas y diminutas que iluminaban el huevo, lo mimé, lo incité a crecer, lo acaricié y lo bendije.
Me descuidé solo un milenio; de verdad que fue no fue mas tiempo que eso, y cuando le volví prestar atención estaba lleno de bacterias que comían las luces y apagaban los colores del huevo.
El séptimo día lo voté a la basura. Me causó una repulsión atroz. No lo he visto desde entonces.
*
0 comentarios:
Publicar un comentario